Oswald Boelcke, el hombre que enseñó al «Barón Rojo» a derribar sus enemigos

“Después de todo sólo soy un piloto de combate pero Boelcke fue un héroe”.
(Manfred von Richthofen en 1917)

Oswald Boelcke, había nacido en la ciudad de Giebichstein, en Halle (Alemania), el 19 de Mayo de 1891. Boelcke era hijo de un maestro de escuela que había vuelto hacía poco de Argentina. Su apellido se escribía originalmente Bölcke. Sin embargo, Oswald, junto con su hermano mayor Wilhelm, quitaron la diéresis y adoptaron el deletreo latino en lugar del alemán. La pronunciación es la misma.

Después de dejar la escuela se alistó en el Telegraphen-Bataillon Nr. 3 en Coblenza como Fahnenjunker (oficial cadete). A mediados de 1914 fue transferido al Fliegertruppe. Su entrenamiento duró desde mayo hasta agosto de ese año en la Halberstädter Fliegerschule y posteriormente fue trasladado de manera inmediata al servicio activo.

Boelcke fue asignado inicialmente a la Fliegerabteilung 13, luego destinado a la Fliegerabteilung 62 en abril de 1915, con base en Douai. El observador en el equipo de Boelcke derribó el primer avión el 4 de julio de 1915. Aquel mismo mes, Boelcke y Max Immelmann se convirtieron en los primeros pilotos de combate alemanes, al proporcionárseles los dos primeros Fokker E.I, equipados con ametralladoras frontales de fuego sincronizado. Boelcke ganó su primer combate aéreo el 19 de agosto de 1915, derribando cuatro aviones enemigos más antes de que terminase el año y otros cuatro más en enero de 1916. Ese mismo mes, junto con Immelmann, fue el primer piloto alemán que recibió la medalla Pour le Mérite. Después de que Immelmann cayera en combate en junio de 1916, Boelcke se convirtió en el mejor As de aviación alemán. En marzo de 1916 fue nombrado jefe del recientemente formado Fliegerabteilung Sivery, que dirigió sobre Verdún.

Caballero del aire:

Se suponía que eran los enemigos más mortíferos, luchando en bandos opuestos durante los días más oscuros de la Primera Guerra Mundial.

Pero esta notable fotografía muestra a un caballeroso as de la aviación alemana posando junto al piloto de combate británico que acababa de derribar en los cielos sobre los campos de batalla del Somme.

La fotografía en blanco y negro destaca la notable caballerocidad que existió entre las fuerzas aéreas rivales en la Primera Guerra Mundial, y ha surgido 100 años después de que se tomara en 1916.

El capitán Wilson, del 32 Escuadrón Royal Flying Corps, había estado volando sobre el norte de Francia cuando fue derribado por Boelcke y obligado a estrellarse con su biplano detrás de las líneas enemigas.

Wilson, saltando del avión en llamas, tuvo que apagar las llamas de sus brazos y piernas antes de ser localizado por Boelcke, el legendario aviador que entrenó al Barón Rojo, Manfred von Richthofen.

El alemán escribió más tarde: «Cuando cayó, su máquina se tambaleaba mucho, pero eso, como me dijo después, no fue su culpa, porque le había hecho pedazos a su plano superior”.

«Aterrizó cerca de Thiepval, estaba ardiendo cuando el piloto saltó, y se golpeó los brazos y las piernas porque también estaba en llamas.”

«Busqué al inglés al que había obligado a aterrizar, un tal capitán Wilson, del Campo de Prisioneros, lo llevé a tomar un café en nuestro Casino y le mostré nuestro aeródromo, por lo que tuve una conversación muy interesante con él».

El capitán Wilson fue derribado en septiembre de 1916 y fue el 20º «derribo» del capitán Boelcke en la guerra.

En esa etapa, el estatus legendario del alemán ya había sido asegurado a ambos lados de la Tierra de Nadie.

Siete meses antes había arriesgado su vida para sobrevolar las líneas británicas y dejar caer una carta informándoles que uno de sus aviadores desaparecidos, el teniente Geoffrey Formilli, estaba vivo y a salvo después de haberlo visitado personalmente en el hospital.

Después de ser liberado al final de la guerra, el capitán Wilson describió su encuentro con Boelcke como «el mejor recuerdo de mi vida, a pesar de que resultó mal para mí».

Pero en lugar de retener al capitán Wilson a punta de pistola y enviarlo lejos para interrogarlo, Boelcke le estrechó la mano, lo llevó a tomar un café en el Casino de Oficiales y le dio un recorrido por su aeródromo.

Y en una nueva muestra de gallardía inesperada, Oswald Boelcke, considerado como el padre de la Luftwaffe alemana, invitó a su rival británico Robert Wilson a tomar una taza de café.

Organización de la Luftstreitkräfte:

La fuerza aérea alemana, la Luftstreitkräfte, fue reorganizada a mediados de 1916 y Boelcke fue elegido como comandante del Jagdstaffel Nr 2, comúnmente llamada “Jasta 2”, en septiembre. Entre sus primeros elegidos se encontraban Manfred Von Richthofen, Erwin Böhme, Hans Reimann y Werner Voss. Inicialmente con el nuevo biplano Albatros D.II sobre el Somme, Boelcke derribó once aviones del Royal Flying Corps en su primer mes con el Jasta 2. Su escuadrilla siempre volaba en una formación muy disciplinada y táctica.

Precursor de las primeras tácticas del combate aéreo, Oswald Boelcke solía volar a gran altura y se lanzaba hacia el enemigo a gran velocidad, siempre por detrás, potenciando el uso de sus ametralladoras frontales. Además, utilizaba el resplandor del sol para ocultarse. Dotado de una soberbia capacidad de liderazgo, influenció a toda una generación de jóvenes pilotos, que más tarde se convertirían en auténticos ases, algunos llegando a superarle, como fue el caso de Manfred von Richthofen, que se haría conocido en todo el frente occidental como el temible “Barón Rojo”.

Manfred von Richthofen cuenta en sus memorias el día en que se encontraba en un tren con destino a Francia cuando, en un momento dado, decidió caminar por los vagones para estirar las piernas. Al llegar a la cabina comedor, se encontró con un grupo de oficiales charlando animadamente mientras cenaban. Entre ellos, había un hombre cuyas hazañas aparecían diariamente en los titulares de los periódicos alemanes. Se trataba nada menos que de Oswald Boelcke, que ya gozaba de un extraordinario prestigio entre los pilotos novatos. Richthofen se detuvo para observar la mesa de Boelcke mientras decidía qué hacer, puesto que estaba tentado de acercarse y presentarse al grupo. No podría creer que estuviera tan cerca de un célebre personaje como Boelcke, así que no se lo pensó dos veces; se acercó e inició una conversación:

En el coche comedor, en la mesa junto a la mía, estaba sentado un joven y aparentemente insignificante teniente. No había ninguna razón para tomar nota de su presencia, excepto por el hecho de que se trataba del único hombre que había logrado derribar un avión enemigo no una vez, sino en cuatro ocasiones. Me hubiera gustado mucho saber cómo el teniente Boelcke administraba su negocio, entonces le pregunté: “¿Honestamente, dígame cómo lo hace?”. Boelcke me miró riéndose y me contestó: “Es muy simple: Vuelo tan cerca cómo puedo, apunto con detenimiento, le disparo y entonces mi oponente se desploma”.

Aquella respuesta le dejó muy desconcertado. Su forma de combate no era muy distinta a la de Boelcke, sin embargo, sus resultados eran nulos. No satisfecho con el argumento dado por Boelcke, Richthofen fue más allá:

“Mi teniente, yo hago exactamente lo mismo, pero mis oponentes no caen”, le respondió Richthofen. Boelcke asintió con la cabeza, con una sonrisa irónica y le desveló la clave de su éxito: “La respuesta, es lógica: ustedes vuelan de forma errática e improvisada. Yo, por otro lado, calculo cada movimiento y siempre me anticipo al enemigo”.

Boelcke tenía razón. En los primeros meses de la Primera Guerra Mundial, los pilotos inventaban sus propias tácticas, improvisando y probando maniobras, unas más arriesgadas que otras. Nunca en la historia se había utilizado el avión como arma de guerra y nadie tenía idea de cómo las batallas podrían llegar a desarrollarse. No había manuales, parámetros o referencias. Por consiguiente, tampoco había instructores de combate aéreo, que pudiesen entrenar a los más jóvenes. Muchos pilotos morían en sus primeras misiones, a raíz de simples equivocaciones, como por ejemplo encontrarse mal posicionados, perseguir a su enemigo más allá de la prudencia o simplemente no saber qué hacer ante una determinada situación. Se hacía obligatorio establecer una metodología de combate que permitiera obtener alguna ventaja sobre el enemigo, minimizando el riesgo de ser abatido. En 1916, Boelcke decidió pasar al papel sus conocimientos para que los pilotos pudiesen aumentar considerablemente sus posibilidades de victoria y de regreso a su base con el mínimo daño posible. Organizada en ocho apartados, estas reglas se convirtieron en el primer manual de táctica aérea, haciéndose conocido como “El Dictado de Boelcke”.

1. Trate de obtener una posición ventajosa antes de atacar. Intente ponerse entre el sol y el enemigo.

2. No interrumpa un ataque cuando lo haya empezado.

3. No dispare hasta que el oponente esté cerca y enfilado.

4. Mantenga siempre los ojos en su oponente y no se deje engañar por sus artimañas.

5. En cualquier tipo de ataque, es esencial asaltar a su enemigo desde detrás.

6. Si su oponente le ataca en picado, no intente evadir su ataque, vuele a su encuentro.

7. Cuando esté sobre las líneas enemigas, no olvide su ruta de retirada.

8. Al principio es mejor atacar en grupos de cuatro o seis aviones. Si la lucha se dispersa en duelos individuales, dos aviones jamás deberán emprender un ataque hacia el mismo oponente.

Tras la muerte de Max Immelmann a manos de George McCubbin el 18 de junio de 1916, el Kaiser Wilhelm II ordenó que Boelcke fuera puesto en tierra durante un mes para evitar la posible pérdida de dos héroes nacionales en poco tiempo. Después de un período en los Balcanes, finalmente regresó al servicio de combate a petición propia en julio de 1916 sobre los campos de batalla de Somme.

En agosto de 1916, un Real Decreto formalizó la creación de los primeros escuadrones especializados en misiones de combate y apoyo táctico a los ejércitos de tierra, de forma coordinada. Estos escuadrones llevarían el nombre de Jagdstaffeln, y deberían ser formados por un número restringido de pilotos altamente capacitados y bajo el mando de un único líder. Boelcke recibió instrucciones del alto mando para poner en marcha el proceso de selección de pilotos para su escuadrón. Para ello, salió en búsqueda de pilotos que respondieran a un perfil predeterminado: deberían ser extremadamente disciplinados, dotados de una singular agresividad en combate y con una sangre fría que les permitiera actuar en un combate sin perder los nervios. Decidió hacer una visita al aeródromo de Kovel y entrevistar a unos cuantos pilotos, que ya conocían de antemano el propósito de su visita. Uno de los entrevistados fue von Richthofen.

“Escuché un golpe en mi puerta a las primeras horas de la mañana, y allí estaba él, un hombre grande con una Pour le Mérite anudada en su cuello. No sabía qué decir. No me atreví a pensar que él me había elegido para ser uno de sus protegidos. No obstante, casi le abracé cuando me preguntó si me gustaría incorporarme a su escuadrón. Tres días más tarde, me encontraba en un tren, rumbo al oeste de Alemania, a mi nueva unidad. Mis deseos más íntimos se habían cumplido y estaba a punto de empezar la etapa más maravillosa de mi vida”.

Muchos historiadores coinciden que Oswald Boelcke fue una pieza fundamental para pavimentar la exitosa carrera de von Richthofen como piloto de combate. Las batallas aéreas eran extremadamente peligrosas y arriesgadas y por ello, una abrumadora cantidad de pilotos no pudo conseguir ni siquiera un único triunfo antes de que hubiese sido derribado mortalmente por el enemigo. Con 80 victorias oficialmente acreditadas durante los 20 meses en los que luchó en el frente occidental, Manfred von Richthofen (ahora convertido en el Barón Rojo), se atrevió a desafiar todos los pronósticos de aquella brutal época y se convirtió a los 25 años de edad en una leyenda.

Quiso la ironía del destino que Boelcke cayera muerto por incumplir una de sus propias directrices, la octava de su Dictado: “Si la lucha se dispersa en combates individuales, dos aviones jamás deberán emprender un ataque hacia el mismo oponente”. Durante un combate emprendido en la mañana del 28 de octubre de 1916, Boelcke intentaba escapar del fuego enemigo, sobre la localidad de Bapaume, Francia, cerca de Arrás y de Betangles, donde caería abatido también Manfred von Richthofen, cuando hizo una maniobra brusca que le hizo chocar contra el avión de uno de sus compañeros, Böhme durante un dog fight contra los D.H. 2s del Escuadrón 24 de la RFC. Boelcke tenía 40 victorias en su haber. Ambos aparatos perdieron la estabilidad y empezaron una caída en picado de forma descontrolada hacia tierra. Boelcke intentó fríamente planear su Albatros para dar inicio a un aterrizaje de emergencia, pero las turbulencias provocadas por el viento y las nubes bajas anularon cualquier intento de controlar su avión. Con su avión averiado, Boelcke se estrelló detrás de las líneas alemanas. Murió en el impacto. Aunque su aterrizaje forzoso fue de supervivencia, murió de lesiones en la cabeza en el impacto porque nunca usó un casco.

Böhme sobrevivió al impacto, pero el horror de lo sucedido casi le empujó al suicidio.

En la moderna Luftwaffe, el Jagdbombergeschwader 31 lleva el nombre de Boelcke.

A comienzos de 1918, von Richthofen (ya convertido en el piloto más famoso de la guerra) redactó una especie de “versión 2” del Dictado de Boelcke, a la que llamó Reglement für Kampfflieger (Reglamento para pilotos de combate) que describe desde aspectos más básicos, como la organización de una formación ofensiva, hasta explicar en profundidad las tácticas de combate más avanzadas. Al igual, que Boelcke, Richthofen lo organizó en ocho diferentes apartados: (1) Vuelos en formación; (2) El líder; (3) El ataque; (4) Cómo formar a un novato; (5) La dogfight; (6) Directrices comunes; (7) La patrulla; y (8) La evolución de los combates y la guerra de movimientos. El manual estaba dirigido tanto a pilotos como a líderes y comandantes de ala y fue ampliamente aplicado por todos los escuadrones alemanes.

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

CAAMAÑO, Eduardo. El Barón Rojo. Almuzara, 2014.

LEWIS, Cecil. Sagittarius Rising. Frontline Books, 2009.

MACKENSEY, Ian. No Empty Chairs. Weidenfeld & Nicolson, 2012.

RICKENBACKER, Eddie. Fighting the Flying Circus. Bibliographical Center for Research, 2009.

Publicado por prensaohf

Periodista y Corresponsal Naval.

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