DOS ALBATROS VUELAN A MALVINAS, 8 FEBRERO 1972

Grumman HU-16B Albatros de la Escuadrilla Aeronaval de Búsqueda y Salvamento.

A 50 AÑOS DE UN VUELO POCO CONOCIDO

Autor: Alte (R) Jorge ENRICO

Escudo de la Escuadrilla Aeronaval de Búsqueda y Salvamento.

Aunque esta crónica está narrada en primera persona por el Comandante del avión, en realidad fue redactada en conjunto por algunos de los tripulantes de uno de los aviones, los entonces Tte. de Navío Jorge Enrico, Tte. de Fragata Rubén Gómez y Tte de Corbeta Pablo Aguiar. Colaboró también otro integrante de la Escuadrilla, el Tte. de Fragata Jorge Albanese. Fue necesario reunir el recuerdo de todos para, en medio de las restricciones derivadas de la pandemia de COVID 19, y con las colaboraciones que se reconocen al final, reconstruir con la mayor precisión posible hechos que habían ocurrido 50 años antes. Pero si hay errores ellos son, como es tradición naval, solo atribuibles al más antiguo.

El verano 1971-1972 pintaba tranquilo para la Escuadrilla Aeronaval de Búsqueda y Salvamento. El retiro inesperado a comienzos de diciembre del Comandante de la Escuadrilla, y la imposibilidad de que su relevo, Cap. de Corbeta Raúl Flores Godoy, asumiera hasta terminar de cursar la Escuela de Guerra Naval, decidieron al COAN a disponer que el Segundo Comandante, que a la sazón era quien esto escribe, entonces Teniente de Navío, se hiciera cargo del Comando. Era por un tiempo muy breve, hasta fines de enero, en un período de poca actividad externa: el año naval había terminado y además de cubrir el avión de guardia de Búsqueda y Salvamento, la reducida dotación que permanecía solo debía avanzar en los preparativos para el cambio de asiento de la Escuadrilla de EPO (Base Aeronaval Comandante Espora) a PDI (Base Aeronaval Punta Indio) que se realizaría en marzo.

Pero un llamado urgente del Comando de Aviación Naval desde Buenos Aires cambiaría los planes al aparecer una muy buscada oportunidad de mostrar presencia argentina en Malvinas, algo que figuraba prioritariamente en los planes del Estado Mayor General de la Armada. En una recepción en la Embajada Argentina en Londres, el Agregado Naval conoció a un excéntrico inglés, poseedor de un zoológico de aves situado a pocas millas de Londres en Boulton-on-the-Water, Worcestershire. Éste manifestó que a su muy completa colección le faltaba un ave: el pingüino, omisión que estaba dispuesto a salvar. A tal efecto el año anterior había comprado las Islas Jason, las más noroccidentales del archipiélago malvinense, porque tenían una pingüinera natural con muchos ejemplares de pingüinos Rey. Y estaba buscando un modo de sacarlos de allí a cualquier lugar de la Patagonia, desde donde él se haría cargo del resto. Analizada la oportunidad en las altas esferas de la Armada, se decidió ofrecer un Albatros para traer las aves.

Es así que, en un cálido verano de Espora, de esos en los que el viento del 340 soplando a no menos de 20 nudos traía todo el calor de la pampa, un pequeño grupo de oficiales se reunía para analizar la factibilidad y enunciar los requerimientos para acuatizar en Stanley y traer en vuelos de Albatros unos ochenta pingüinos desde las remotas pero queridas islas. El dueño del zoo se llamaba Len Hill y encaraba el tema de una manera muy comercial: traía consigo la producción del programa de televisión Panorama, uno de los más populares y antiguos de Gran Bretaña, que debía de registrar todo el evento para ponerlo en el aire. Len, “el millonario de los pingüinos“, se convertiría en el único propietario de pingüinos Rey en todo el Reino Unido.

Salvo por el hecho de que el destino final era Malvinas, a menos de 800 km. (430 millas náuticas), se trataba de un vuelo casi de rutina, ¡especialmente si se lo comparaba con el que 10 años antes habían realizado dos DC-3 navales hasta el Polo Sur! Consecuentemente, la planificación no fue muy compleja. Una vez obtenida cartografía actualizada y analizada la carga, parecía que el problema se resolvería con un vuelo de dos aviones, o dos vuelos de un avión según la disponibilidad. Tras analizar las posibilidades, se propuso hacer el cruce desde Río Gallegos, aunque subsistían incógnitas sobre la logística en Puerto Stanley.

Parecía que los dos Albatros podrían tomar muertos seguros en buenos amarraderos (tener en cuenta los fuertes vientos predominantes y los cambios meteorológicos poco previsibles) y que habría lanchas adecuadas para desembarcar y embarcar personal y carga en condiciones normales.

No obstante, el COAN (Comando de Aviación Naval) autorizó un vuelo de «prueba de mecanismos» que incluyera todas las etapas y dejara perfectamente claros los procedimientos y las responsabilidades. El vuelo serviría, además para transportar a los empleados del zoológico encargados de los animales y al equipo técnico de la BBC.

En las islas fuimos amablemente recibidos por un representante del Gobernador, quien nos propuso que nos sacáramos todas las dudas y pidiéramos el apoyo que hiciera falta (la sugerencia de un tripulante de preguntar por qué no nos devolvían las islas fue considerada pero cortésmente desechada). Posteriormente, el Gobernador y su esposa invitaban a los pilotos a tomar un té. Por supuesto aceptamos y comenzamos las coordinaciones para el vuelo. Como manifestamos alguna preocupación por estar bien informados de los aspectos operativos y meteorológicos, nos llevaron a la estación de radio y nos presentaron al encargado. Resultó ser una persona muy experimentada y servicial, quien me aseguró que estaba familiarizado con las necesidades de los barcos, y aunque “no era habitual” ver hidroaviones operando en la Bahía, se sentía capacitado para atender nuestros requerimientos. Acordamos una frecuencia de radio en la que lo podríamos llamar desde el continente. Luego, con los suboficiales encargados de la maniobra fuimos al puerto y miramos en detalle los muertos, las defensas que protegerían el casco de los Albatros cuando se atracaran las lanchas y las lanchas mismas, para estar seguros de que la operación se podría hacer con seguridad y que no había salientes en lanchas o muertos que pudieran dañar al avión. Luego nos llevaron a dar una vuelta por Stanley, que incluyó la obligada parada en el Upland Goose, el famoso pub donde comimos algo. Encontramos en la población una actitud de curiosidad y cordialidad, que era lo que ya habíamos percibido en los funcionarios.

A continuación, nos dirigimos a la casa del Gobernador. Este y su Señora nos recibieron muy ceremoniosamente e invitaron a un suculento té con pastelería local. Tuvimos una reunión muy cordial, en la que nos aseguró que estaban muy contentos de recibirnos y que harían todo lo posible para que la operación fuera un éxito. Por nuestra parte le agradecimos el apoyo, nos declaramos satisfechos con las coordinaciones y establecimos que en principio trataríamos de llegar con dos aviones el 8 de febrero.

El despegue y vuelo de regreso se realizaron sin inconvenientes, pero recibí la preocupación de los suboficiales más antiguos porque estaríamos transportando aves, ya que, en la tradición naval, las aves a bordo traen mala suerte. Propuse que redobláramos nuestra atención a todo el planeamiento y a la realización del vuelo, para evitar cualquier contratiempo. Era una tripulación muy experta, con años en la Escuadrilla, y ellos me tranquilizaron a mí.

Sólo faltaba ultimar detalles y esperar en Espora la llegada de la fecha, mientras actualizábamos permanentemente la meteorología y apurábamos el adiestramiento del Cap. Flores Godoy quien nunca había volado Albatros, para que el 8 de febrero ya fuera Comandante de avión, con un curso acelerado que incluía amerizajes, despegues en el agua y toma de boyas. Esto último no era un tema menor: con los fuertes vientos sudatlánticos y la gran obra muerta del Albatros, el avión se hace muy difícil de maniobrar en el agua y la Bahía de Stanley está bastante expuesta. Pero cuando llegó la fecha, estaba plenamente calificado para volar su avión y comandar la operación. Solo restaba esperar buen tiempo y que no se presentara un caso de Búsqueda y Salvamento, una catástrofe que requiriera que uno de los aviones fuera empleado en esa tarea. La suerte nos acompañó en ambos aspectos.

El 7 de febrero bien temprano despegamos hacia la Base Aeronaval Río Gallegos con estas

tripulaciones:

Avión Albatros 4 BS 2:

Comandante: CCCN D. Raúl R. FLORES GODOY

Copiloto: TFCN D. Jorge ALBANESE

Navegante: TFCN D. Emilio SAINZ

Mecánico: SSAE Alberto VILLARROEL

Ayudante Mecánico: CIAE Osvaldo J. SUTTI

Radioperador: CPAE Ramón de Jesús OCON

Radarista: CIAE Ricardo O. PEREYRA

Paracaidista: CIAE Pablo ZANABRIA

Grumman «Albatros» 4 – BS – 3, comandado por el entonces Teniente de Navío Jorge ENRICO, autor de la nota.

Avión Albatros 4 BS 3:

Comandante: TNCN D. Jorge ENRICO

Copiloto: TFCN D. Rubén Darío GOMEZ

Navegante: TCTG D. Pablo A. AGUIAR

Mecánico: SSAE Lucio O. CABEZAS

Ayudante Mecánico: CIAE Ricardo RIVAS

Radioperador: CPAE Juan RILEY

Paracaidista: CPAE Pablo O. BURGOS

Arribamos a Gallegos, sin inconvenientes y al día siguiente, 8 de febrero a las siete de la mañana, con buena meteorología pero ventoso, despegamos hacia Malvinas. La navegación no estaba exenta de riesgos: los fuertes e impredecibles vientos del Atlántico Sur combinados con la lenta velocidad del Albatros y la precariedad de los medios de navegación, podían producir derivas importantes que debían detectarse y corregirse tempranamente. Pero nuestros navegantes tenían todo bajo control.

Tras un vuelo de tres horas con viento fuerte del Oeste, es decir de cola, recalamos en las Islas Jason, hogar de los pingüinos que íbamos a transportar.

Ya en contacto con Puerto Argentino, entonces Puerto Stanley, recibimos una cordial bienvenida del operador y continuamos vuelo hasta nuestro destino.

El acuatizaje y toma de muertos fueron satisfactorios y las lanchas vinieron a desembarcar las tripulaciones.

El apoyo de Stanley fue otra vez muy bueno y nuestra abnegada tripulación, en colaboración con el personal del zoológico, lograron embarcar las cajas con los pingüinos, pingüinos Rey, los más grandes después del Emperador, que pueden alcanzar un metro de altura. Las aves no estaban de acuerdo con la maniobra y lo manifestaban ensordeciéndonos con sus graznidos y perfumándonos con un aroma que nos acompañaría todo el vuelo. Finalmente logramos despegar con ambos aviones y poner proa a Gallegos. Los pingüinos aguantaron muy bien el viaje (nosotros no tanto) que ahora con viento de frente insumió 4,4 hs. de vuelo. La carga fue entregada en tierra a los representantes del zoológico que se hicieron cargo del inmediato traslado a Londres vía Buenos Aires.

El equipo del programa de TV Panorama documentó todas las instancias del vuelo -y aunque nunca pudimos verlo — pensemos en lo rudimentario de las comunicaciones en 1972sabemos que fue muy visto. Por su parte, la Escuadrilla recibió una felicitación por el éxito de la operación, a mi juicio muy merecida por la eficiencia con que resolvieron todos los problemas que se fueron presentando.

Queda para la anécdota que, gracias a este vuelo naval, descendientes de los pingüinos (viven alrededor de 25 años), pudieron participar en la película “El Regreso de Batman” en 1992. ¡La Aviación Naval en ayuda de Hollywood!

Publicado por prensaohf

Periodista y Corresponsal Naval.

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