La batalla del río Nilo y el ataúd de Horatio Nelson

Batalla del Nilo, 1° de agosto de 1798, por Thomas Whitcombe, 1816, Museo Marítimo Nacional. La flota británica se abalanza sobre la línea francesa (Gran Bretaña).

Por: Oscar Filippi

La batalla del Nilo —también conocida como la batalla de la bahía de Abukir, (en inglés, Battle of the Nile, en francés, Bataille d’Aboukir) fue un gran combate naval librado entre la Marina Real británica y la Marina de la Primera República Francesa del 1 al 3 de agosto de 1798 en la bahía de Abu Qir, en la costa mediterránea de Egipto. La batalla fue el punto culminante de la campaña naval que se había extendido a lo largo de todo el Mar Mediterráneo durante los tres meses anteriores, cuando partió desde Toulon hacia Alejandría un convoy francés a bordo del cual iba una fuerza expedicionaria bajo el mando del entonces general Napoleón Bonaparte.

Las fuerzas británicas, dirigidas por el contraalmirante sir Horatio Nelson —más tarde conocido como lord Nelson—, derrotaron a las francesas.

Bonaparte trataba de invadir Egipto como el primer paso de una campaña contra la India británica, en un intento de sacar a Gran Bretaña de las Guerras revolucionarias francesas. Mientras la flota de Bonaparte cruzaba el Mediterráneo, una fuerza británica bajo el mando de Nelson, la cual había sido enviada desde la flota del río Tajo con el fin de averiguar el objetivo de la expedición francesa y derrotarla, comenzó su persecución. Durante más de dos meses persiguió a los franceses, llegando a estar en algunas ocasiones a tan solo unas horas de ellos. Bonaparte, que conocía los planes de Nelson, guardó con total discreción su destino y consiguió tomar Malta y después llegar a Egipto sin ser interceptado por las fuerzas navales británicas.

Con el ejército francés en tierra, la flota francesa echó el ancla en la bahía de Abukir, 20 millas —32 kilómetros— al nordeste de Alejandría. El comandante, vicealmirante François-Paul Brueys D’Aigalliers, creía que había tomado una posición defensiva formidable. Cuando la flota británica arribó a Egipto el 1° de agosto y descubrió la disposición de Brueys, Nelson ordenó un ataque inmediato. Sus barcos avanzaron hacia la línea francesa y se dividieron en dos grupos según se acercaban. Uno de ellos atravesó la línea francesa por el espacio existente entre los buques rivales y la orilla, mientras que el otro se enfrentó al flanco francés más alejado de tierra. Tras caer en un fuego cruzado, los navíos de guerra de la vanguardia francesa tuvieron que rendirse tras una fiera batalla de tres horas de duración; el centro de la flota, por otro lado, consiguió repeler el ataque inicial de los británicos. Con la llegada de los refuerzos británicos, estos volvieron a atacar el centro y a las 22:00hs estalló el buque insignia francés, L’Orient. Después del fallecimiento de Brueys y de la derrota de su centro y su vanguardia, la división trasera de la flota francesa trató de escapar de la bahía, pero solo lo consiguieron dos navíos de línea y dos fragatas, de un total de diecisiete barcos.

La batalla dio un vuelco a la situación estratégica de las fuerzas de ambas potencias en el Mediterráneo, y la Marina Real inglesa se afianzó en la posición dominante, en la que se mantendría a lo largo del resto de la guerra.​ El resultado también alentó a otros países a volverse contra Francia, y fue un factor del estallido de la guerra de la Segunda Coalición. El ejército de Bonaparte quedó atrapado en Egipto, y el dominio británico de la costa siria contribuyó significativamente a la derrota francesa en el asedio de Acre en 1799, previo al regreso de Bonaparte a Europa. Nelson, quien había resultado herido en la batalla, fue vitoreado como un héroe en toda Europa y consecuentemente nombrado barón Nelson, a pesar de que en privado no estaba satisfecho con su recompensa. Sus capitanes también recibieron amplios elogios y pasarían después a formar el núcleo de la Banda de Hermanos de Nelson. La batalla continúa destacando en la cultura popular, siendo probablemente Casabianca, un poema de 1826 de Felicia Hemans, su representación más conocida.

La batalla del Nilo: destrucción del L’Orient, 1° de agosto de 1798, por Mather Brown, 1825, Museo Marítimo Nacional.

La destrucción del L’Orient:

A las 21:00hs, los británicos se percataron de que había fuego en las cubiertas inferiores del L’Orient.​ El capitán Hallowell, a sabiendas de los daños que el incendio podía causar al buque insignia francés, ordenó a los artilleros que disparasen directamente al lugar en el que había fuego.​ Los constantes disparos británicos expandieron las llamas a lo largo de toda la popa del barco e imposibilitaron cualquier intento de sofocarlas.​ Pocos minutos después, las llamas ascendieron por los aparejos y las velas comenzaron a arder.​ Los barcos británicos más cercanos al buque en llamas, el Swiftsure, el Alexander y el Orion, dejaron de disparar, cerraron sus portas y empezaron a alejarse del L’Orient, con el fin de no resultar perjudicados por el inminente estallido de la munición almacenada a bordo del navío francés.​ Asimismo, retiraron a sus tripulantes de los cañones para formar grupos que se encargasen de empapar las velas y las cubiertas de sus propios navíos con agua de mar y evitar así que estas prendieran fuego.​ Del mismo modo, los barcos franceses Tonnant, Hereux y Mercure cortaron las cadenas de las anclas y se dejaron arrastrar hacia el sur para alejarse del barco en llamas.​ Sobre las 22:00hs,​ el fuego llegó a los polvorines y el L’Orient quedó prácticamente destruido a causa de una gran explosión.​ La onda expansiva fue lo suficientemente potente para desgarrar las costuras de los barcos más cercanos,​ mientras que trozos del casco salieron despedidos incluso por encima de los navíos que se encontraban alrededor.​ El Swiftsure, el Alexander y el Franklin entraron en llamas a causa de la caída del pecio, pero en todos los casos la tripulación pudo sofocar los respectivos incendios con cubos de agua, aunque se originó una segunda explosión en el Franklin.​

Jamás se ha podido determinar con certeza cómo surgió el incendio en el L’Orient, pero una de las versiones más aceptadas es que se habían dejado tinajas llenas de aceite y pintura en la toldilla, en vez de haber sido almacenadas correctamente una vez finalizados los trabajos de pintura del casco del barco poco antes del comienzo de la batalla. Se cree que una guata en llamas proveniente de uno de los navíos británicos debió caer en la cubierta y tras entrar en contacto con la pintura, esta comenzó a arder. A continuación, las llamas se habían extendido rápidamente por el camarote del almirante y habían alcanzado un polvorín en el que se almacenaba munición diseñada para arder más intensamente en el agua que en el aire.

La altanería inglesa de Nelson

Almirante británico de la ROYAL NAVY, Sir Horatio NELSON.

El británico fue enterrado, tras caer en Trafalgar, en un féretro fabricado con la madera y el metal del gigantesco buque «L’Orient» Este navío era el orgullo de la armada francesa hasta que fue hundido por la «Royal Navy» (bajo el mando del mismo Horatio) en la batalla de Aboukir.

En el Reino Unido, región que ama a sus héroes y no muestra recato a la hora de enarbolar la bandera del amor patrio, los ídolos militares se cuentan por decenas. Más allá de que las heroicidades de estos sean o no lo suficientemente destacables como para quedar grabadas en la Historia, existe un personaje entre todos ellos que ha sido elevado casi a la categoría de deidad: Horatio Nelson. El oficial -es cierto- dio a su país grandes victorias sobre sus eternos enemigos, España y Francia. Y por si fuera poco, murió en la batalla de Trafalgar combatiendo en primera línea de fuego. Por todo ello (y a pesar de que hizo alarde de una temeridad excesiva que le podía haber costado a su país más de una flota) es considerado al día de hoy como el prototipo de marino de la “Royal Navy“.

Sea o no el majestuoso héroe que se explica desde Gran Bretaña, sí es cierto que Nelson logró algo al alcance de muy pocos: humillar a Napoleón Bonaparte incluso después de haber muerto en Trafalgar. Y es que, el almirante fue enterrado en un ataúd elaborado con la madera y el hierro extraídos del “L’Orient“. Un colosal navío que, a pesar de sus 120 cañones y ser el orgullo de la armada gala, cayó presa del fuego de su “Royal Navy” en la batalla de Aboukir (sucedida entre el 1 y el 2 de agosto de 1798).

Aquel féretro, un curioso regalo de uno de sus oficiales para recordarle a su superior que era “mortal“, fue el último desafío del némesis de las flotas española y francesa. Una muestra definitiva de altanería que se unió al despilfarro perpetrado por su país para enterrarle por todo lo alto en la catedral de San Pablo. Pero, no en vano (y como ya se ha señalado) a los de la Pérfida Albión no les duele el bolsillo cuando se trata de honrar a sus militares.

La batalla del Nilo: destrucción del L’Orient, 1° de agosto de 1798, por Mather Brown, 1825, Museo Marítimo Nacional.

La muerte del coloso:

Saber el origen del ataúd de Nelson requiere retroceder un poco en el calendario. Más concretamente, hasta los últimos años del Siglo XVIII. Eran aquellos tiempos de bonanza para una “France” en la que empezaba a despuntar un tal Napoleón Bonaparte. Un oficial querido por el pueblo, pero a las órdenes de un organismo superior: el revolucionario (literalmente hablando) Directorio. Importante es nombrar a estos mandamases, pues fueron los que dieron una buena saca de oro al ”Pequeño corso” para que -mediante un ejército formado por 32.000 hombres y 175 navíos de línea- arribase a la tierra de los faraones y entrase a la India británica por la “puerta de atrás”. ¿El objetivo? Molestar, contra más mejor, a los infames ingleses que tantos calentamientos de cabeza les traían.

En esta expedición, precisamente, se hallaba el “L’Orient“, un gigante de 120 cañones (lo que le convertía en uno de los bajeles más grandes del mundo) que se había convertido en el orgullo del futuro “Empereur”. En la obra ”La historia encadenada”, Luis Francisco Rodríguez Vázquez define este cascarón como -el más grande del mundo después de nuestro ”Santísima Trinidad”. La mayoría de autores, por su parte, coinciden en calificarle como un “gigantesco barco“, un coloso, o un “espléndido buque insignia“.

Batalla del Nilo, 1° de agosto de 1798, por Daniel Orme, 1805, Museo Marítimo Nacional. Nelson regresa a la cubierta después de que le cubrieran la herida.

El circo galo llegó a Egipto allá por el 27 de junio de 1798. Aunque eso sí, con los ingleses (al mando de Horatio Nelson) a la espalda y ávidos de detener por las bravas las intenciones galas. Casi un mes después el mandamás “british” se decidió a plantar cara a la flota gabacha en la bahía de Aboukir. La empresa era más que difícil, pues la armada francesa contaba, en el medio de la línea, con el gigantesco “L’Orient”. A pesar de ello, el inglés le puso naso y se aventuró contra ella el 1 de agosto.

La contienda comenzó a las 18:30hs. La “Royal Navy” comenzó su aproximación por el flanco derecho de la bahía de Aboukir y en el último momento, su línea se dividió en dos para envolver a los franceses y atraparles en un fuego cruzado letal. Les salió bien. Uno por uno, los bajeles en los que lucía desafiante la tricolor fueron desarbolados y destrozados por el fuego.

Pero no todo iba a ser tan sencillo. Tras acabar con varios barcos galos, los ingleses se vieron obligados a plantar cara al “L’Orient“. El gigante era resistente, pero los enemigos eran demasiados y al poco tiempo, se declaró un peligroso incendio provocado por los continuos cañonazos enemigos.

A las nueve y media de la noche el barco estaba sentenciado. Los marineros no habían podido evitar que el fuego se propagase en el interior del “L’Orient“, y era cuestión de tiempo que las llamas llegasen hasta la Santa Bárbara (el polvorín) e hiciesen estallar el navío por los aires. Los hombres del coloso francés no eran los únicos que sabían el triste final que les esperaba. También lo sospecharon los barcos que estaban combatiendo alrededor suyo. Al menos, así quedó patente cuando buques ingleses como el “Alexander“, el “Tonnant“, el “Heureux” y el “Mercure” sacaron trapo para salir a toda prisa de allí y evitar que la explosión les mandase al fondo de la bahía.

Al final, el orgullo de la armada francesa, uno de los buques más grandes y poderosos del mundo, estalló entre llamas y se terminó hundiendo.

Óleo anónimo que representa a François-Paul Brueys D’Aigalliers, comandante francés en la batalla del Nilo.

Una curiosa idea:

Afirman los historiadores que la explosión de “L’Orient“, el buque insignia del “Pequeño Corso”, resonó por todo el campo de batalla y lanzó al agua maderos, trozos de lona, y los restos de multitud de marinos. Un destino más que trágico para un coloso de 120 cañones que (jugando a profetizar) bien se podría haber colocado al lado del “Santísima Trinidad” en Trafalgar para repartir bolas macizas entre los “british”. Por el contrario, el gigante en el que había sentado sus reales Napoleón mientras navegaba hacia su aventura faraónica vio su destino ligado al de las algas del fondo marino de la bahía de Aboukir.

Tras él, por descontado, arriaron la bandera sus compañeros. Fueron hundidos 2 cascarones gabachos, 9 acabaron encallados o capturados, y otros 2 salieron navegando -viento en popa y sin ninguna dignidad- hacia lugar seguro. Los de la Pérfida Albión, por su parte, no tuvieron que lamentar ninguna baja en sus buques. La contienda, a la postre, sería recordada como una de las grandes victorias de Nelson. Aunque se suele recalcar poco que la torpeza gala le ayudó más que su instinto a proclamarse vencedor.

Poco después, y como era habitual, la sed de sangre dio paso a las ansias de rapiña, la vida marina, que da para poco más que ron. El centro de todos los ojos fue el coloso galo: el “L’Orient“. Nelson recordaba en sus memorias (editadas hoy como ”Memoirs of the Life of Vice-Admiral, Lord Viscount Nelson, K. B., Duke of Bronté, Etc., Etc., Etc”) aquella vorágine de adquisición de souvenirs manchados de sangre: “Se recogieron los restos flotantes del naufragio de “L’Orient” y se fabricaron muchos artículos con ellos para conmemorar la victoria”. Los ingleses se pusieron las botas a costa de las lágrimas ajenas. Pero fue el capitán “british” Benjamin Hallowell al que se le ocurrió la mejor idea de la jornada.

El funeral del Almirante Sir Horatio Nelson en la ciudad de Londres.

El oficial acercó su buque, el HMS “Swiftsure“, a los restos del “L’Orient” y ordenó a sus hombres hacerse con todo aquello que pudieran. Su objetivo se especifica en la recopilación de las cartas de Nelson ”The Dispatches and Letters of Vice Admiral Lord Viscount Nelson: With Notes”. En la misma, se afirma que “después de que “L’Orient” explotara, una parte de su mástil principal fue tomada a bordo del HMS “Swiftsure” para construir con él… ¡Un ataúd para el futuro némesis de España!

Publicado por prensaohf

Periodista y Corresponsal Naval.

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