Del Libro “AL OTRO LADO DEL TIEMPO”

Por: RICHARD BACH – Para: Prensa OHF

EL PROBLEMA ERA LA PORTEZUELA. No quería permanecer abierta.

En los Piper Cub la puerta viene en dos piezas: un trapezoide ancho para la mitad superior, con plexiglás a modo de ventana, y otro para la mitad inferior, cubierto de tela amarilla, igual que el resto del aeroplano. La mitad inferior funciona bien, porque en cuanto se la destraba cae directamente hacia abajo y su peso la mantiene allí.

En cambio, la mitad superior gira hacia afuera y tiene una traba, pequeña y débil, para mantenerla abierta mientras el piloto o el pasajero entra en la cabina o sale de ella. La traba retiene la puerta levantada durante el correteo y el despegue.

La vista desde un Cub con la portezuela abierta es una pantalla panorámica tecnicolor tridimensional con sonido estéreo, la hierba y las copas de los árboles se alejan, y el corazón remonta vuelo. El viento corre como un convertible 28 a toda marcha por la curva de la montaña, con el costado abierto en vez de la capota baja.

Para chapotear en ese viento… Por eso es que la gente como yo disfruta entre aeroplanos.

Sólo que la mitad superior de la portezuela se cerraba con un golpe. Si superaba los ciento cuatro kilómetros por hora, la presión del viento podía más que la traba y ¡pam! ahí estaba yo, en una cabina medio cerrada, aislado de mi río de viento. Fastidioso, fastidioso.

Pasé días enteros pensándolo desde que me encontré con el problema. No me dejaba en paz.

En el trabajo, mientras trataba de escribir, allí estaba, la imagen de la traba, girando lentamente en el espacio entre mis ojos y la pantalla del ordenador. Una traba del mismo tipo, pero más grande no era la solución: la fuerza del viento aumenta en proporción al cuadrado de la velocidad. Yo lo sabía. La portezuela se bajaría a ciento doce kilómetros por hora, en vez de hacerlo a ciento cuatro.

¿Retirar la puerta? Pensé que no. A veces, en invierno, durante las tormentas de lluvia… No quiero queel costado del aeroplano quede perpetuamente abierto.

Un gancho, un gancho para puertas mosquiteras. ¿En un avión? ¿Adónde lo atornillaría, a la tela del ala?

Mientras vagaba por los pasillos de la ferretería, la imagen vagaba conmigo. Imanes no, ni trabas a presión, ni fallebas. Nada serviría. No había modo de sujetar la traba al ala. La imagen se esfumó cuando me fui a dormir.

A la mañana temprano, apenas despierto, allí estaba otra vez, flotando, la imagen de la traba. Gemí al verla. ¿Iba a seguirme por un día más, importunándome por mi ineptitud mecánica?

Piper PA-11 con sus puertas abiertas y la traba del ala, que tantos interrogantes generó al autor.

Pero cuando volví a mirar, a mirar con atención, la traba no era la misma que la del día anterior. De ningún modo. Estaba sujeta al ala por dos tornillos de expansión modificados, que no se atornillaban a la tela, sino al marco de aluminio que estaba detrás de ella. Una abundante superficie de apoyo allí, que sostiene una traba de diferente diseño, una que se desliza por sobre el marco mismo de la puerta, como para poner y sacar con un toque, pero que retiene la portezuela como una morsa.

Esa imagen flotó en la luz temprana sólo el tiempo suficiente para que yo entendiera; luego desapareció.

Nada de imágenes en el aire, nada de problemas que me humillaran, nada de nada. Aire vacío.

No hacía falta que me azuzaran. Manoteé el bloc de apuntes que tenía junto a la cama e hice el bosquejo del nuevo diseño. ¿Funcionará? ¡Por supuesto que funcionaría! ¿Cómo fue que la fábrica del Piper Cub no diseñó una traba así en 1939?

En cuestión de horas el artefacto estaba hecho, con el bronce de la traba pulcramente taladrado, los pequeños tornillos de expansión reducidos a dos pestañas cada uno y bien atornilladas en su sitio, sobre el ala.

Saqué el aeroplano del hangar, lo lancé al aire, a ciento setenta y seis kilómetros por hora. La puerta, incólume, sólida como el ala misma.

No soy incompetente. Soy un genio del diseño. No veo la hora de detenerme junto al primer Cub que vea, para examinar su endeble traba de portezuela y susurrar: “Malo, malo…” a un piloto que sepa perfectamente lo malo que es y esté dispuesto a dar cualquier cosa, a cambiar sus mejores guantes de piloto, por una traba que más o menos funcione.

Y ése fue el fin del asunto. Con el tiempo, la felicidad que me brindaba mi traba se fusionó con una felicidad general; en la actualidad, si tuviera que dibujarla de memoria, probablemente no podría hacerlo. Pero antes de que pasara un mes volvió a suceder.

Según parece, no había ajustado del todo la tapa del aceite en el motor del Cub; un día en que volaba alto por sobre el bosque encontré una súbita corriente descendente, una fuerte sacudida al aeroplano. En el mismo instante vi pasar un canario junto a la portezuela abierta.

–Qué extraño –dije en voz alta, volviéndome a mirar la mota amarilla que se perdía de vista–. ¿Qué hace un canario volando a esta altura y sobre un lugar tan desolado?

Finalmente llegué a la conclusión de que debía ser un canario escapado, libre por fin, flexionando con deleite sus alitas.

Pocos minutos después detecté algunas gotas de aceite en el montante de sustentación, junto a la portezuela abierta. Luego, muchas gotas más. Después, aceite en el lado derecho del parabrisas, láminas de aceite por el costado del avión.

Extrañado, me desvié hacia un henar ancho y parejo. ¿Se nos habrá roto un caño de aceite? ¿Qué está pasando?

De pronto entendí ¡No era un canario lo que había pasado sobre el bosque! ¡Era la tapa del aceite! Era mi tapa, pintada de amarillo canario, y ese aceite era el lubricante de mi motor, que volaba desde el tanque sin tapa. Era hora de aterrizar.

Foto de un vuelo placentero en un avión Piper PA-11.

Esa noche, una tapa de aceite giraba en el aire, entre la pantalla de mi computadora y yo. ¿Cómo haces Richard, para asegurarte de no perder nunca más una tapa de aceite? En algún vuelo futuro no ajustarás con férrea firmeza esa varilla medidora, verás otro canario y susurrarás: “Oh, no …”.

No puedo atornillarla ni enroscarla con una abrazadera que, conociéndome bien, terminará dentro del tanque. Tiene que haber algún modo de asegurarla… Pero la tapa ha sido diseñada simplemente para enroscarla con fuerza. Y sé que algún día me olvidaré de ajustarla. ¿Cómo evitar que la tapa gire hasta desprenderse y despegue por sí misma en un último vuelo solitario?

Desperté temprano, antes de que aclarara, y encontré la imagen brumosa tal como estaba la noche anterior, flotando ante mí: era un problema no resuelto. Pero observé con atención, sin pensar en nada. Sólo observé. Con paciencia.

Entonces sucedió algo extraño. Hubo un susurro en el aire, la imagen se disolvió y apareció una tapa de aceite distinta. Y mientras yo la observaba, por unos brevísimos segundos, vi una forma detrás de la pieza: un encantador rostro humano, entrevisto como se puede entrever, a través del vidrio, en el momento en que entregan la correspondencia. La cara de la persona que entrega la correspondencia.

En ese instante hubo un destello de sorpresa, al encontrarse sus ojos con los míos, que observaban; ella ahogó una exclamación y desapareció.

En el aire, centelleante, giraba una tapa de aceite con un cordón enganchado, de cuero, como el de una bota. Un extremo se sujetaba a la tapa por una diminuta conexión de alambre; el otro iba atado a la grapa de la capucha, justo bajo el cilindro trasero derecho del motor. Con la grapa en su sitio no había modo de que ese artefacto saliera disparado. Tal vez pudiera aflojarlo algún tornado, pero no se apartaría del Cub a menos que se desprendiera toda la parte delantera del avión. Solución simple, definitiva, obvia.

Por la noche estaba en el taller; perforé un agujero diminuto en el costado de la tapa para la conexión, inserté un alambre para sujetar el cordón, até el cuero a la grapa de la capucha y lo instalé en el Cub.

Funcionaba perfectamente. Aun aflojando la tapa y tirando con fuerza para arrancharla del tanque, no se deslizaba más de dos o tres centímetros desde la abertura; la varilla medidora se mantenía en el tubo de llenado y el cordón no cedía. ¡Sí! ¡Nunca más otro canario!

Mientras volvía a la casa, esa noche, me pregunté: “¿Por qué un cordón de cuero? ¿Por qué no un cable de acero?”. Hoy en día, en la aviación, todo el mundo usa cables de acero. ¿Por qué se me había ocurrido de cuero?

Mientras me lo planteaba, recordé el momento en que había aparecido la solución y vi nuevamente esa cara encantadora y fugaz, con un lápiz de madera para dibujo enhebrado de forma casual en el pelo oscuro, la sorpresa honda en los ojos pardos al encontrarse con los míos. Y después, el desvanecimiento instantáneo.

Alguien pronunció las palabras con mi voz cuando me detuve en el camino, recordando.

–¿Quién, era ésa?

Un Piper PA-11 con matrícula norteamericana.

Cerré la boca, pero la pregunta no cesó. ¿Cómo había podido olvidar esos ojos? Aquello no era una simple visión interior matutina que había resuelto mis problemas de aviación. ¡Allí había aparecido una mujer!

No se necesita ser un especialista en mecánica cuántica para imaginar el problema con el que luché esa noche, y al día siguiente y al otro. El hecho de que algo suceda en una fracción de segundo no significa que no haya sucedido, como te lo puede decir cualquier paloma de terracota para tiro al blanco.

Y yo había sido destrozado en muchos pedazos por ese único disparo. No había error. Según me han dicho, nuestra facultad de reconocer objetos al azar falla en exposiciones inferiores a medio segundo. En cuanto a objetos geométricos, en menos de una quincuagésima de segundo. Pero nuestra percepción de una sonrisa se mantiene aún con un destello de una milésima de segundo, tan sensible es nuestra mente a las imágenes del rostro humano.

A la tarde siguiente piloteé el Cub; desde el suelo debe haber sido una imagen indolente: el pequeño aeroplano girando con lentitud, relajadas en el viento sus alas color limón; el motor, apenas un susurro.

Para mí no era indolente. “Podría volar con este avión a cualquier lugar del mundo”, pensaba. “Con tanques de combustible de tamaño especial, no hay en el planeta lugar al que un Piper Cub no pueda llegar”.

Pero ¿adónde ir a buscar a la persona que me entregó ese diseño tan sencillo?

Aminoré la marcha del motor en unos cuantos cientos de revoluciones, hasta impulso cero, con la hélice girando apenas lo suficiente para hacer fuerza con su propio peso. Con esa potencia el Cub se convirtió en un planeador pintado de sol, un kayak de nueve metros navegando a la deriva por el cielo. Se elevaba y descendía suavemente en las olas de aire que pasaban bajo sus alas.

Si mi encantadora mensajera existía en algún lugar, ¿por qué no la había visto resolver el primer problema? ¿Por qué no la vi alcanzarme la traba para la portezuela por correo especial? Fruncí el entrecejo al recordar. Cuando vi la traba no había quedado rastro alguno de un mensajero, sólo el mensaje mismo, elegante solución a un problema encerrado en la mente. Había estado esperando que yo despertara, abriera los ojos y tomara nota.

El Cub giraba, suave y lento como un ave marina, sobre tierras de cultivo que parecían un edredón a cuadros dorados en la tarde. Siguió el ronroneo de su pequeño motor y se elevó quince metros en una ola de aire cálido; la cruzó mientras agitaba el cielo con una estela invisible, y surcó serenamente el canal más fresco que venía luego.

Era un día encantador para navegar por el aire. Mi espíritu estaba en otra parte.

Por supuesto. La primera vez no la vi porque ya se había ido; la mensajera, tras dejar su paquete, había continuado su camino. La segunda vez, en cambio, el cliente estaba esperando su correspondencia. Yo la había estado esperando. “Si aguardamos lo suficiente junto a nuestro buzón”, pensé, “¿podemos sorprendernos cuando aparece el cartero?”

Era perfectamente lógico, el problema estaba resuelto: quién era ella, por qué yo la había visto.

Un Piper PA-11 con matrícula nacional argentina.

Las respuestas, desde luego, no resuelven nada. El misterio no consistía en descubrir diseños para arreglar mi avión. El misterio se había tornado tan profundo como el mismo cielo: ¿de dónde surgían esos diseños?

Hace mucho tiempo aprendí que todo es exactamente como es por una razón. La migaja queda en nuestra mesa no sólo para recordarnos la galleta de esa mañana, sino también porque hemos decidido no quitarla. No hay excepciones. Todo tiene un motivo y el detalle más ínfimo es una clave.

Desde la altura, literalmente, surge la perspectiva. La cabina de un pequeño aeroplano, una vez que se convierte en hogar, es un nido perfecto donde resolver los problemas.

La sorpresa en sus ojos. Si ella es el cartero, ¿por qué se sobresalta al encontrarse con el destinatario qué está esperándola?

El Cub flotó en torno de una pequeña nube. Más avanzada la tarde ese pompón sería un gigante: enorme, imponente. Por ahora era sólo una oveja esponjosa y juguetona que corría junto a mis alas.

“Se sobresaltó porque no sucede nunca”, pensé. “Se supone que, cuando ella entrega la correspondencia, sus clientes están durmiendo. Cuando uno en un millar está bien despierto y la mira fijamente cuando llega, por supuesto que se sobresalta.”

El lápiz en su pelo. En su lugar, ¿por qué tendría un lápiz ahí?

Porque lo uso prácticamente a cada momento. Porque lo uso tan a menudo que alargar la mano para tomarlo es una pérdida de tiempo.

Pero, ¿por qué uso tanto el lápiz?

A la distancia, a ochocientos metros, un avión de aprendizaje Cessna. Hice oscilar las alas del Cub.

Hola, te tengo a la vista. Para mi sorpresa, las alas del Cessna también oscilaron. Es una antigua costumbre de los aviadores, no muy practicada en estos tiempos.

¿Por qué necesito el lápiz tan a menudo que prefiero ensartármelo en el pelo? Porque hago muchas líneas sobre el papel. Porque me paso el tiempo dibujando.

Porque soy diseñador. De partes. ¡De piezas de avión!

“No puede ser”, pensé. “Los diseñadores no usan lápices. Usan computadoras. Hacen sus bosquejos con máquinas para diseño asistido por computación, o sea CAD, con un mouse y una pantalla. Si no usas CAD no eres diseñador; has sido arrollado por el progreso.”

Por entonces, al calentarse la tierra, las ondas del océano aéreo aumentaban de tamaño. De vez en cuando una ola de calor ascendente rompía bajo el morro del Cub con un estremecimiento y una sacudida, lanzando una llovizna de gotas celestes a tres metros en el aire.

“Su pelo”, pensé, “recogido en oscuro volumen y sujeto en la nuca; no lo hace para lucir anticuada. Es toda practicidad; esta persona no finge ser lo que no es. Hay un motivo…”

Volví a vivir ese momento. ¿Qué otras claves? ¿Qué había pasado por alto? La boca apenas abierta, en gesto de sorpresa. Un cuello blanco, recatadamente abotonado, un broche oscuro de forma oval engarzado en plata a la altura del cuello. El lápiz de madera sin pintar, sin goma, listo para usar. Luz amarilla en el fondo, el color del sol contra la madera. Nada más. Los ojos encantadores.

El LV-RFU finalizando un vuelo.

Pude observar que ése no era el cubículo muy iluminado de una división tan dentro de alguna gran empresa. Era casi como si… ¿Por qué una diseñadora muy práctica y eficiente utilizaría el lápiz con tanta frecuencia como para tenerlo en…?

Usaba lápiz, me dije, porque no tenía computadora.

¿Por qué no tenía computadora? Hay una razón para todo. ¿Por qué el cuello recatado, el broche? ¿Por qué vestía de modo tan diferente a las demás? ¿Por qué la luz amarilla?

En el indolente Cub, a ochocientos metros de altura, erguí bruscamente la espalda.

Mi diseñadora no tiene CAD porque las computadoras no han sido inventadas. Usa ropas anticuadas no para diferenciarse de quienes la rodean, sino para ser igual. Si parece salida del ayer es porque viene de un tiempo diferente.

Mi pequeña navegación terminó súbitamente. Apagué el motor, puse el Cub en posición invertida y me dejé caer como un clavadista hacia la tierra. Tenía que volver al suelo, sacudirme la bruma de otro mundo del vuelo. Debía descubrir si lo que sabía podía ser la verdad.

Una semana después de mi vuelo en el Cub no me había acercado un centímetro al sitio del que provenían las imágenes de mis piezas para aeroplano. Ni una sola vez volví a ver el rostro de esa encantadora mensajera. Mi curiosidad, mi deseo de espiar su mundo, eso era mi problema; ella parecía estar diciéndome algo; no tenía intención alguna de ayudarme en un plan no autorizado por su empleador. A juzgar por las evidencias que pude reunir en toda una semana de astutas planificaciones para que apareciera, ella no existía.

Por la noche me acurrucaba en el sofá, frente a mi pequeño hogar, contemplando las llamas. Cuando entrecerraba los ojos, la luz parecía parpadear también en algún otro lugar: un cuarto con sillas de cuero de respaldo alto. No veía las sillas, pero las percibía, percibía la presencia de otros en la habitación, un murmullo indistinto de voces, alguien que pasaba caminando, sin reparar en mí, no muy lejos. Sólo veía el fuego y sombras en un cuarto que no era el mío.

Sacudí la cabeza y la visión, frágil, se desintegró.

Después de un rato se me ocurrió una respuesta. Para incitarla a regresar, ¡basta con que le presente un problema para resolver! Y cuando se acerque con la solución, allí estaré para pedirle que espere.

De inmediato me dediqué a diseñar un juego de cuñas para las ruedas del avión. ¿Necesitaba algo que se plegara en caso de que el viaje sufriera un colapso y que también pudiera mantener al Cub en una tormenta de viento? Imaginé algunas cuñas lamentables, que flotaron en mi mente antes de dormir, como señuelo.

Nada. Al llegar la mañana aún estaban allí las mismas cosas endebles y miserables. Las deseché. A la noche siguiente le pedí ayuda para inventar algo que impidiera la entrada de la lluvia en el tanque de combustible, algo que no fuera una lata de tomates invertida. ¿Algo de aluminio, quizá?

Finalizando un vuelo. Aterrizando sobre pista asfaltada.

Silencio. No hubo respuesta. Se mantenía indiferente a los problemas fingidos, a diseños para cuñas cuando lo mejor eran las de madera, a tapas de combustible para un avión que está siempre en el hangar, a montajes sin terminar cuyo verdadero objetivo era tentarla a mostrarse otra vez. Por la mañana todos flotaban delante de mí tal como la noche anterior; eran sólo señuelos y no me interesaban, a menos que pudieran mostrarme sus ojos una vez más.

Después de dos semanas tuve la idea de que esa forma quedaría sin respuesta por años; afligido por eso, en la aurora silenciosa me disculpé por haber tomado el camino incorrecto. Había cubierto con un manto de ardides mi deseo de verla. ¿Qué esperaba conseguir con engaños? ¿Que ella se presentara, confiada, a decirme “hola” de un lado del tiempo al otro?

Un mes después, aún pasaba las veladas contemplando el fuego, el viejo reloj de la repisa, reconstruyendo lo sucedido paso a paso. Esos diseños habían surgido de algún lugar; cada uno de ellos estaba instalado en ese momento en mi Piper J-3C, felizmente tridimensional, que pasaba en el hangar ese invierno de 1998.

Yo no los inventé; cuando aparté los problemas para dormir no tenía idea de cómo resolverlos. No eran travesuras holográficas de algún vecino que apuntara secretamente con un proyector láser a través del alba.

No eran alucinaciones. Eran simples pero ingeniosos… Eran diseños funcionales que resolvían problemas reales.

Además, pensé que no llevaban ningún adorno moderno. Nada de materiales ni procesos exóticos, nada de sutiles advertencias de riesgo, nada que sugiriera determinadas bases de datos computadas para mecanismos enmarañados.

Su cara me perseguía. Expeditiva, práctica, tan completamente concentrada en el trabajo, en hacer bien lo suyo, que con sólo verse observada por mí se borraba, desaparecía.

Estudié las llamas, la danza de las sombras. Hay un lugar. Hay una habitación, tan sólida, tibia e invariable en su mundo como este cuarto lo es en el mío. No es Aquí, es Cuándo…

–Muy bien, Gaines, prueba por la mañana, si quieres. Llévate el Efe-Zeta-Zeta. Y a ver si lo traes en una sola pieza.

No fue dicho en voz alta, no era alguien que hablara junto al sofá. Lo que me sobresaltó fue la naturalidad cotidiana de las palabras que sonaban en mi cabeza; el filo de vidrio de esa frase tan sencilla cortó mi calma. Sentí un cosquilleo en la nuca.

–¿Qué? –como si al tomarla por sorpresa, al gritar en mi sala silenciosa como un sepulcro, pudiera obtener alguna respuesta–. ¿Qué?

El reloj seguía andando, midiendo cuidadosamente el tiempo.Solo en la casa, no me importaba quién me oyera.

–¿Efe–Zeta–Zeta? No hubo respuesta.

–¿Gaines?

Toc, toc, toc, toc.

–¿Estás jugando conmigo? –Se apoderó de mí una cólera anhelante–. ¿Qué juego es éste?

Un Piper PA-11 «Cub» en venta en un aeródromo de Estados Unidos.

No iba a resolver mi examen con prepotencia, golpeándolo ni implorándole que hiciera algo a lo que se oponía. Apareció la pregunta: ¿era posible que la búsqueda de una traba efectiva para la portezuela me hubiera hecho perder la cordura? Esa fantasía era un callejón sin salida, ¿cómo iba a saberlo?

Como último recurso, en las raras ocasiones en que las cosas no marchan bien para mí, arrastro mi saco de dormir hasta el Cub, pongo en marcha el motor, vuelo por sobre un horizonte hacia el crepúsculo y aterrizo en una pradera para pasar la noche. Entonces contemplo el cielo, atento el oído a las voces de amigos que no puedo ver.

A veces la única manera de triunfar es rendirse. Y rendido me tendí en la hierba, bajo el ala de mi pequeño bote aéreo, interrogando a las estrellas.

–Si he de entender lo que me está sucediendo –susurré hacia Arturo–, muéstrenme lo que debo saber.

No comprendo cuál es el próximo paso. Es de ustedes. Lo dejo ir. Una levísima brisa susurró a su vez, viento entre hierba que suspiraba desde hacía un millar de años.

–Déjalo ir.

Aterrizaje en Morón con un PIPER PA-11.
21 dic 2014
Video sin edicion del aterrizaje en Morón con el Piper PA11.

Publicado por prensaohf

Periodista y Corresponsal Naval.

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