Del libro “El Don de Volar” – GENTE QUE VUELA

Autor: (*) Richard Bach – Por: Prensa OHF

A lo largo de 14.000 kilómetros escuché al hombre que estaba sentado junto a mí en el vuelo 224 de San Francisco a Denver.

—¿Cómo llegué a ser viajante? —dijo—. Bueno, ingresé en la Marina cuando tenía diecisiete años, en plena guerra…

Y se había hecho a la mar y había participado en la invasión de “Iwo Jima” trasladando tropas y pertrechos, en una barcaza de desembarco, bajo el fuego enemigo. Escuché muchos incidentes y detalles de aquellos días en los que este hombre había estado vivo.

Luego en cinco segundos me informó sobre los veintitrés años que habían seguido a la guerra:

—… Así que en 1945 conseguí un puesto en la compañía y trabajo en ella desde entonces.

Aterrizamos en el aeropuerto de Stapleton, en Denver. Nuestro vuelo había terminado. Me despedí del viajante y nos separamos en medio de la muchedumbre que llenaba la terminal. Por supuesto que nunca volví a verlo. Pero no lo he olvidado.

Lo había dicho él mismo: la única vida auténtica que había conocido, los únicos amigos verdaderos, las únicas aventuras reales, las únicas cosas que valía la pena recordar y revivir desde su nacimiento eran unas pocas horas dispersas pasadas en el mar en medio de una guerra mundial.

En los días que me alejaban de ese encuentro en Denver, volé en aeroplanos ligeros a pequeños encuentros de verano, organizados por los pilotos deportivos en diversas partes del país, y con frecuencia pensé en el viajante. Me pregunté una y otra vez: ¿Qué es lo que recuerdo? ¿Qué época de genuinas aventuras, verdaderos amigos y auténtica vida volvería a vivir?

Empecé a prestar mayor atención a la gente a mi alrededor. Escuchaba cuando me sentaba junto a los pilotos, agrupados sobre el césped, en la noche, bajo las alas de cien aviones diferentes. Escuchaba cuando me detenía, junto a ellos, al sol y cuando caminábamos sin rumbo, sólo por el gusto de conversar, entre las filas de una exhibición de modelos antiguos, pintados con colores brillantes, de aeroplanos hechos en casa y aviones deportivos.

—Sospecho que lo que nos hace volar, sea lo que sea, es lo mismo que empuja al marinero a hacerse a la mar —dijo una voz—. Algunas personas nunca lograrán entenderlo y no se lo podemos explicar. Si tienen el deseo y un corazón abierto podemos mostrárselo, pero decirlo es imposible.

Es cierto. Si me preguntaran por qué vuelo, no les respondería nada, sino que los llevaría a algún aeropuerto, un sábado en la mañana, a fines de agosto.

Es una mañana de sol y hay una nube en el cielo; abajo corre una brisa fresca que sisea entre esas esculturas de precisión que son los aviones ligeros, todos bañados por un arco iris y colocados cuidadosamente sobre el césped. Hay en el aire un olor a tela y a metal limpio, y se oye el sibilante petardeo de un pequeño motor que hace girar una hélice como un pequeño molino y se prepara para volar.

Acompáñenme un momento y acérquense a algunas de las personas que han decidido poseer esas máquinas y volar en ellas, y vean qué clase de gente es y por qué vuela. Comprueben si, a causa de ello, son ligeramente diferentes del resto del mundo.

Tomen, por ejemplo, un piloto de la Fuerza Aérea que pule el morro del avión ligero que pilota en sus horas libres, cuando se han acallado los ocho motores de su bombardero a reacción.

—Supongo que me apasiona volar, pero lo más importante es ese tremendo entendimiento que se produce entre un hombre y un avión. No cualquier hombre (permítanme una restricción y cierto romanticismo) es capaz de volar, sino aquel que siente que volar es su vida, que sabe que el cielo no es un lugar de trabajo o de diversión, sino que es su casa.

Escuchen a un par de pilotos mientras uno observa críticamente cómo su esposa hace prácticas de aterrizaje sobre la pista de hierba.

—A veces la observo cuando cree que ya me he ido. Todas las noches antes de cerrar el hangar besa ese avión en el cono de la hélice.

Con un pequeño pincel, el capitán de una línea aérea da unos últimos toques en las alas al avión de carreras que ha construido él mismo.

—¿Por qué volar? Muy simple. No me siento feliz a menos que haya un poco de aire entre el suelo y yo.

Más tarde hablamos con una joven que se ha enterado esa misma mañana de que un viejo biplano ha quedado totalmente destruido en el incendio de un hangar.

—Creo que uno nunca vuelve a ser el mismo después de haber visto el mundo enmarcado entre las alas de un biplano. Si hace un año alguien me hubiese dicho que iba a llorar por la pérdida de un avión, me habría reído. Pero me había encariñado con ese viejo trasto…

¿Se dan cuenta que, cuando esta gente habla de por qué vuela y de su modo de ver los aeroplanos, ninguno de ellos menciona la posibilidad de hacer viajes? ¿O de ahorrar tiempo? ¿O de lo útil que puede ser un avión para los negocios? Da la impresión de que ninguna de esas cosas, son importantes y mucho menos la razón principal por la que hombres y mujeres se sienten atraídos por el cielo. Hablan, cuando llegamos a conocerlos, de amistad y de regocijo, de belleza y amor, y de vivir, de vivir realmente, en contacto directo, en la lluvia y el viento. Y es eso lo que recuerdan de sus vidas, y ninguno de ellos querría saltarse los últimos veintitrés años. Ni uno solo.

—Bueno, así de buenas a primeras recuerdo que el mes pasado salimos en formación liderados por Shelby Hicks en su gran biplano Stearman, en dirección a Council Bluffs. Shelby pilotaba y Smitty señalaba el rumbo desde la carlinga delantera (ustedes saben cómo es él para estas cosas, cuidadoso y con todas las distancias y direcciones determinadas con la mayor exactitud) y de repente el viento atrapa el mapa y de un golpe lo levanta y lo saca de la carlinga como una enorme mariposa verde que se desplaza a 140 kilómetros por hora. El pobre Smitty trata de agarrarlo y no lo consigue, y en su rostro se pinta una expresión de horror. Shelby se alarma en un primer momento, pero luego se pone a reír. Yo vuelo a un lado y desde mi avión alcanzo a ver que Shelby tiene un ataque de risa y que las lágrimas ruedan detrás de sus gafas y que Smitty está furioso, y luego al minuto comienza a reírse, señala hacia mí y dice: “Tú eres el jefe.”

Una escena grabada en la memoria porque se trataba de algo divertido, disparatado, compartido.

—Recuerdo la vez en que John Purcell y yo tuvimos que aterrizar en un prado en South Kansas porque el tiempo empeoró de repente. Todo lo que cenamos fue una barra de chocolate. Dormimos bajo un ala y al amanecer encontramos algunas fresas silvestres que no nos atrevíamos a comer. Y John quejándose de que mi avión era un pésimo hotel porque se había mojado un poco con la lluvia. Nunca se enterará que, estuve a punto de despegar y dejarlo allí en ese lugar desconocido. Por un momento…

Viajes hacia lo Desconocido.

—Recuerdo el cielo que había en Scottsbluff. Las nubes debían de estar a unos 20 kilómetros sobre nuestras cabezas. Te aseguro que nos sentíamos como unas malditas hormigas…

Aventuras en el país de los gigantes.

—¿Qué recuerdo? ¡Recuerdo lo que me ha ocurrido esta mañana! Bill Garran me apostó un dólar a que podía despegar en su Champ en menos espacio del que necesito para el T-Craft. Y perdí. No lograba entender por qué, porque yo siempre le gano a ese tipo. Y en el momento en que iba a pagarle me doy cuenta de que ha metido un saco de arena en mi avión. Así que tuvo que pagarme un dólar por hacer trampa y otro porque perdió la apuesta cuando despegué sin el saco…

Competiciones de destreza con furtivas trampas que no se habían hecho desde la niñez.

—¿Qué recuerdo? ¡Qué no recuerdo! Pero no voy a volverme atrás y vivirlo todo de nuevo. Tengo muchas cosas que hacer ahora.

Y un motor arranca y el hombre se aleja hasta desaparecer en el horizonte.

Descubrí que llega un momento en que uno empieza a comprender que una persona no pilotea un avión para llegar a algún lugar, aunque en realidad llega a muchas partes.

No vuela para ahorrar tiempo, pero lo recupera cada vez que se baja de su automóvil para subirse a un avión.

No vuela en beneficio de la educación de sus hijos, aunque los mejores alumnos de las clases de historia y geografía son los que han visto el mundo y su historia con sus propios ojos desde su avión.

No vuela por economía, aunque el precio y el mantenimiento de un pequeño avión usado resulten inferiores a los de un gran auto último modelo.

No vuela por dinero ni para obtener beneficios en los negocios, aunque subió al avión para llevar a almorzar al señor Robert Ellison y luego a una partida de golf y regresó con él a tiempo para la reunión del consejo de dirección.

Todas estas cosas que a menudo se dan como razones para volar no lo son en realidad. Son agradables, por cierto, pero no por eso dejan de ser sólo subproductos del verdadero motivo. La única razón es el encuentro con la vida, vivido en el presente.

Si los subproductos fuesen el único objetivo de los que vuelan, la mayoría de los aeroplanos de hoy nunca habrían sido construidos, porque hay muchas molestias que obstruyen el paso al piloto de aviones ligeros, y los inconvenientes se aceptan sólo cuando la recompensa es algo más que ahorrar un minuto.

Un avión ligero no es exactamente un medio de transporte como un automóvil.

Cuando hay mal tiempo no es raro verse forzado a permanecer en tierra durante horas o incluso días. Si el aficionado mantiene su avión afianzado sobre la hierba del aeropuerto, se preocupa con cada ventarrón y escudriña las nubes temeroso de que caiga una granizada, como si el avión fuese una esposa que espera a la intemperie. Si lo guarda en un gran hangar, se preocupa por los incendios y teme que algún auxiliar torpe estrelle otro aparato contra el suyo.

Sólo cuando el avión está guardado en un hangar privado el dueño recupera la tranquilidad, y los hangares privados, especialmente cerca de las ciudades, cuestan más caros que el mismo avión.

Volar es el único deporte en que el castigo por una falta grave es la muerte. Al principio parece algo espantoso y el público queda horrorizado al enterarse de que un piloto ha muerto a consecuencia de un error imperdonable. Pero ésos son los términos que esta afición establece para los pilotos: Ámame y conóceme, y podrás disfrutar de un gran gozo. No me ames ni me conozcas, y te estarás metiendo en un lío serio.

Los hechos son muy simples. El que vuela es responsable de su propio destino. Prácticamente no existe un accidente que no haya podido ser evitado mediante la acción del piloto. En el aire no sucede nada equivalente al niño que sale corriendo de entre dos coches aparcados. La seguridad del piloto depende de sus propias manos.

Ante una tempestad de truenos no se puede decir: Nubes y lluvia, prometo volar sólo 30 kilómetros más y luego aterrizar. Eso no sirve de nada. Lo único que libra a un hombre de una tormenta es su propia decisión de no penetrar en ella, las manos que conducen el avión de vuelta a un cielo despejado, su propia destreza para llevarlo a un aterrizaje sin riesgos.

Desde tierra, nadie puede controlar el vuelo por él, por mucho que desee ayudarlo. Volar sigue siendo patrimonio del individuo, un mundo en el que, o acepta la responsabilidad de sus actos o se queda en tierra. Rechace la responsabilidad durante un vuelo, y no le quedará mucha vida.

Entre los pilotos se habla mucho de la vida y la muerte.

—Yo no voy a morir de viejo —dice uno—. Voy a morir en un avión.

Así de simple. La vida sin volar no vale la pena ser vivida. No se asombre ante el número de pilotos que profesan este breve credo; quizá dentro de un año usted sea uno de ellos.

Lo que decide a una persona a volar no es la necesidad de contar con un avión para sus negocios ni el deseo de practicar un deporte nuevo que le signifique un desafío, sino lo que ella quiere de la vida. Si desea vivir en un mundo en que su destino esté totalmente en sus manos, es muy posible que usted sea un piloto nato.

No olvide que el porqué de volar no tiene nada que ver con las características del avión, nada que ver con los subproductos, esas “razones” que a menudo aparecen en los panfletos para futuros compradores. Si usted cree que es una persona que puede apasionarse por el vuelo, encontrará un lugar donde ir cada vez que se canse de un mundo de alimentos congelados y gente hecha en serie. Se encontrará con personas y aventuras llenas de vida y aprenderá a descubrir el significado que hay detrás de todo ello.

Mientras más deambulo por los aeropuertos, mejor comprendo que la razón por la

que la mayoría de los pilotos vuela es simplemente eso que ellos llaman vida.

Hágase este sencillo examen y responda estas preguntas:

¿A cuántos lugares puede dirigirse cuando se siente harto de tanta charla vacía?

¿Cuántos sucesos reales, dignos de recordar, le han ocurrido en los últimos diez

años?

¿Para cuántas personas ha sido usted un verdadero amigo y cuántos son sus verdaderos amigos?

Si su respuesta a estas preguntas es “¡Muchos!”, entonces no se moleste en aprender a volar.

Pero, si su respuesta es “Pocos”, quizá valdría la pena que se acercara un día a algún pequeño aeropuerto, se diera una vuelta por el lugar y descubriera la sensación que produce estar sentado en la carlinga de un avión ligero.

No olvido al viajante que encontré en el vuelo entre San Francisco y Denver. Él había perdido toda esperanza de volver a encontrar el sabor de la vida, justamente en el momento que se trasladaba por el mismo cielo que se lo ofrecía.

Debería haberle dicho algo. Por lo menos haberle hablado de ese lugar especial donde unos cientos de miles de personas en el mundo han encontrado una respuesta para el vacío. Siento no haberlo hecho.

SOBREVUELO LA CIUDAD DE LA PLATA Y RECORRO EL AEROCLUB/ FREE TOUR.
Imperdible sobrevuelo a la ciudad de La Plata en un Cessna 172, donde podrás ver toda la costa del Río de La Plata, el puerto e islas. También, los estadios de Gimnasia, Estudiantes y el imponente Estadio Único, la zona del bosque y por supuestos, la emblemática y gigantesca Catedral de La Plata. Además, de escuchar los testimonios de quienes trabajan y participan del Aeroclub La Plata. Un recorrido por los talleres del Aeroclub donde me enseñan un poco acerca de la mecánica de los aviones y sus modelos. Para más información aquí les comparto la página web del Aeroclub: https://www.aeroclublaplata.com.ar/

Publicado por prensaohf

Periodista y Corresponsal Naval.

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